El 30 de julio convocamos, junto con la Comisión Ambiental de la Megalópolis (CAMe) y el Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC), a más de veinte especialistas de doce países para un ejercicio que en Una Atmósfera llevábamos tiempo queriendo hacer: poner en la misma sala —virtual— a quienes miden, modelan y gestionan el ozono troposférico en ciudades tan distintas entre sí como Santiago, Madrid, São Paulo, París, Pekín, Los Ángeles o la propia Ciudad de México, y preguntarles, sin rodeos, por qué un contaminante que llevamos treinta años tratando de controlar sigue ahí. No es solo curiosidad científica: nos preocupa lo que sigue costando en salud humana, en ecosistemas —incluidos cultivos agrícolas y bosques— y en el propio calentamiento global. Lo que seguirán son sus voces, sus datos y su evidencia, hilvanados a partir de lo que compartieron ese día.

Un contaminante que mata más de lo que se reconoce


En 2023, cerca de 470 mil muertes prematuras en el mundo pudieron atribuirse a la exposición al ozono en el aire ambiente. El 91% de ellas ocurrieron en países de ingreso bajo o medio, y una de cada dos se registró solamente en India. La cifra, presentada por la Dra. Pallavi Pant del Health Effects Institute durante el seminario, viene acompañada de una advertencia: probablemente subestima el problema real, porque los modelos actuales de atribución de mortalidad solo capturan los efectos respiratorios de la exposición continua, y todavía no logran integrar plenamente los impactos cardiovasculares, del embarazo o del sistema inmunológico que la evidencia reciente empieza a documentar. A esto se suma que el ozono golpea con más fuerza a las personas mayores —un factor que se vuelve crítico en sociedades que envejecen— y que sus efectos se agravan de forma medible cuando coincide con olas de calor, un fenómeno cada vez más frecuente. A diferencia de la capa de smog que se podía ver a simple vista sobre Los Ángeles en los años cuarenta —cuando, según contó la Dra. Sang-Mi Lee, algunos días apenas se alcanzaban a distinguir los dedos con el brazo extendido—, el ozono no se deja ver: mata sin que nadie lo note.

Pero el dato que atraviesa como hilo conductor todas las presentaciones técnicas del seminario no es la magnitud del daño, sino algo más incómodo: el ozono troposférico se ha vuelto extraordinariamente resistente a las estrategias que sí funcionaron para casi todos los demás contaminantes del aire.

De Pekín a Los Ángeles, el mismo enemigo invisible: el ozono en el aire
Ciudad de México y el Estado de México. Fotografía: Flickr/Eneas De Troya Eneas

La paradoja que comparten nueve ciudades en cuatro continentes


Durante más de treinta años, gobiernos de todo el mundo aplicaron una fórmula que funcionó razonablemente bien: reducir las emisiones de los precursores del ozono —los óxidos de nitrógeno (NOx) y los compuestos orgánicos volátiles (COV)— y esperar que el ozono bajara en proporción. Con el monóxido de carbono, las partículas y el dióxido de azufre, la fórmula dio resultado. Con el ozono, cada vez con más frecuencia, no.

  • Ciudad de México. Entre 1990 y 2025 el monóxido de carbono se redujo cerca de 92%, el dióxido de nitrógeno 45%, el dióxido de azufre 95%, las PM10 61% y las PM2.5 18%. El ozono, en el mismo periodo, bajó apenas alrededor de 28%, según cifras presentadas por el Dr. Víctor Hugo Páramo (CAMe). La M. en C. Olivia Rivera, del gobierno de la Ciudad de México, precisó que las concentraciones máximas sí se han reducido con el tiempo, pero los indicadores de percentil 90 y promedio anual se han mantenido casi estáticos desde 2010, y desde hace cinco años la tendencia dejó de ser descendente para volverse, muy levemente, ascendente. El químico Armando Retama fue más allá: aplicando el método propuesto por David Parrish para estimar el piso mínimo alcanzable con las estrategias actuales, encontró que ese piso queda muy por encima de los estándares de calidad del aire vigentes.
  • Beijing y Shanghái, China. El Dr. Yuanhang Zhang (Universidad de Pekín) mostró una de las historias de éxito más contundentes en PM2.5 —reducciones de hasta 89% en la conurbación de Beijing entre 2015 y 2024, con metas nacionales de 44% adicional de reducción de PM2.5 y 68% de CO2 hacia la próxima década— y, en el mismo periodo, un ozono que aumentó de forma sostenida hasta 2020 y que desde entonces fluctúa, sin ceder terreno de manera consistente.
  • Santiago de Chile. El Dr. Rodrigo Seguel (Pontificia Universidad Católica de Chile) documentó que Santiago logró reducir el ozono superficial cerca de 2 partes por billón (ppb) entre 1997 y 2017, un avance que tomó veinte años. En los cinco años siguientes, ese avance se revirtió por completo: el ozono subió cerca de 3 ppb, borrando la ganancia previa. "Lo más triste de esta noticia", dijo Seguel dirigiéndose a los tomadores de decisión presentes, "es que ustedes saben lo que significa bajar una parte por billón en términos de recursos humanos y financieros".
  • Los Ángeles, Estados Unidos. La Dra. Sang-Mi Lee (Distrito de Gestión de la Calidad del Aire de la Costa Sur de California) presentó una de las reducciones históricas más impresionantes del planeta: entre los años ochenta y hoy, el ozono ha bajado entre 60% y 70%, con reducciones de NOx de casi 80% y de COV de más de 60% en los últimos 25 años. Aun así, la cuenca de Los Ángeles cerró 2025 con valores de alrededor de 150 ppb en promedio de una hora y 110 ppb en promedio de ocho horas, muy por encima del estándar federal de 70 ppb. Para llegar a la meta, calculan que ocho de cada diez vehículos en circulación tendrían que ser de cero emisiones.
  • Houston, Estados Unidos. El Dr. Bernhard Rappenglück (Universidad de Houston) mostró que el ozono en Houston bajó cerca de 40% entre 1991 y 2010, mientras la población crecía 50%. Pero en los quince años siguientes la población volvió a crecer otro 50% y el ozono, esta vez, se mantuvo prácticamente plano.
  • Atlanta, Estados Unidos. El Dr. James Boylan (División de Protección Ambiental de Georgia) documentó que, mientras el producto interno bruto del estado crecía más de 500% desde 2005, las emisiones bajaron alrededor de 12% y el ozono acompañó esa baja durante una década. Sin embargo, en los últimos dos años Atlanta ha vuelto a exceder los estándares, lo que activó de nuevo obligaciones regulatorias de contingencia.
  • París, Francia. Karine Leger (Airparif) fue categórica: de todos los contaminantes atmosféricos que la región parisina monitorea desde los años sesenta, el ozono es el único que no ha bajado. El ozono de fondo —el nivel que persiste incluso sin picos de contaminación local— prácticamente se duplicó en treinta años.
  • Madrid, España. La Ing. María Encarnación de Vega (Ayuntamiento de Madrid) mostró que Madrid superó los valores límite de dióxido de azufre en los noventa y los de dióxido de nitrógeno hasta 2022; ambos problemas están resueltos. El ozono, en cambio, es "el único contaminante que va al alza" en la ciudad, y 2025 fue el año con más superaciones del umbral de información registradas desde que Madrid empezó a medir ozono en 1992.
  • São Paulo, Brasil. La Mtra. María de Fátima Andrade (Universidad de São Paulo) presentó datos de dos décadas que muestran una reducción clara en contaminantes primarios, pero el cuarto máximo de ocho horas de ozono se ha mantenido prácticamente sin cambios entre 2005 y 2025.

Nueve ciudades, cuatro continentes, marcos regulatorios y niveles de desarrollo completamente distintos, y una misma conclusión de fondo: reducir los precursores del ozono ya no garantiza reducir el ozono.

De Pekín a Los Ángeles, el mismo enemigo invisible: el ozono en el aire
Horizonte de Shanghai bajo el cielo contaminado durante el día. Fotografía: Unsplash/Ryan Chu.


El experimento que nadie planeó: lo que reveló el confinamiento por COVID-19

Si algún evento puso a prueba la hipótesis lineal —menos precursores, menos ozono— fue el confinamiento por COVID-19 en 2020. Varios ponentes coincidieron en llamarlo "un experimento atmosférico no planeado", y sus resultados desconcertaron incluso a quienes lo esperaban.

En la Ciudad de México, la movilidad cayó entre 60% y 80% en pocas semanas. Las estimaciones oficiales calcularon una reducción de 15% en compuestos orgánicos volátiles y 32% en óxidos de nitrógeno. El resultado, lejos de ser una baja en el ozono, fue un incremento de aproximadamente 10%. "Más que modificar nuestro conocimiento, reforzó la evidencia de que el ozono debe entenderse como el resultado de un sistema atmosférico altamente dinámico y no únicamente como una consecuencia directa de las emisiones locales", explicó la M. en C. Rivera.

En Los Ángeles, el patrón fue más matizado: hubo una caída inicial de ozono junto con la de NOx (–23%), pero para finales de abril de 2020 el ozono volvió a subir pese a que las reducciones de precursores se mantenían. El análisis del equipo de Sang-Mi Lee identificó a la meteorología —temperaturas altas que aceleran las reacciones fotoquímicas y favorecen la evaporación de COV— como la variable que revirtió la tendencia.

En Guadalajara, el químico Armando Retama documentó el efecto inverso al de la Ciudad de México: según explicó él mismo en su presentación, ahí la producción de ozono es sensible a los COV, no a los NOx, así que cuando el NOx bajó entre 2016 y 2019 el ozono en realidad subió; y durante la relajación posterior al confinamiento, cuando el monóxido de carbono y los NOx volvieron a subir, el ozono bajó. Es, según su propio análisis presentado en el seminario, la misma química —pero funcionando en sentido contrario— dependiendo de qué régimen domina en cada ciudad.

Lo que estos tres casos me dejan claro es que el mismo tipo de intervención (bajar NOx, bajar COV) puede producir resultados opuestos en el ozono, dependiendo del régimen fotoquímico particular de cada ciudad, y a veces incluso de cada zona dentro de la misma ciudad.


Tres explicaciones que se repiten en boca de científicos de todo el mundo


A lo largo del día, con especialistas hablando desde laboratorios y agencias ambientales de doce países, emergieron tres explicaciones que se repitieron una y otra vez, en contextos muy distintos.

1. Una química que no es lineal, y que varía dentro de la misma ciudad
El ozono no se emite directamente: se forma en el aire cuando la luz solar hace reaccionar NOx y COV. Según cuál de los dos "domine" la reacción en un lugar y momento dados, reducir uno de ellos puede bajar el ozono o, contraintuitivamente, subirlo. El Dr. Miguel Ángel Zavala (Universidad Estatal de San Diego) explicó que estas zonas de sensibilidad a COV o a NOx no son fijas: varían dentro de la misma zona metropolitana, lo que significa que una medida de control efectiva en una parte de la ciudad puede ser inútil —o contraproducente— en otra.

Sang-Mi Lee ilustró el fenómeno con el "efecto fin de semana" de Los Ángeles: los sábados y domingos hay menos tráfico de camiones de carga y, por tanto, menos NOx, pero durante décadas eso produjo más ozono, no menos, porque la cuenca operaba en un régimen limitado por COV. Ese efecto se ha ido atenuando a medida que los NOx bajan de forma sostenida —la proporción de ozono entre fin de semana y semana pasó de 1.4 en 2000 a cerca de 1 hoy—, lo que sugiere que Los Ángeles está cruzando lentamente hacia otro régimen químico. Retama documentó algo parecido en la Ciudad de México: el histórico "efecto fin de semana" se ha ido atenuando en los últimos años, señal de que la ciudad podría estar transitando de un régimen sensible a COV hacia uno más sensible a NOx, sin haberse instalado todavía de forma clara en ninguno de los dos.

2. Un ozono de fondo que sube por razones que ninguna ciudad controla sola
Varias presentaciones coincidieron en que buena parte del ozono que respiran las ciudades no se origina en ellas. La Dra. Laura Gallardo (Universidad de Chile), quien participa en el grupo de expertos en gases reactivos de la Vigilancia Atmosférica Global de la Organización Meteorológica Mundial, mostró mediciones de la estación de Cerro Tololo —en la troposfera libre chilena, lejos de cualquier fuente urbana— que muestran una tendencia al alza del ozono desde 2006, de 2.1 ± 0.8 ppb por década. La causa dominante, según sus análisis estadísticos, es el metano, cuya concentración global sigue subiendo.

El Dr. Rodrigo Seguel amplió el panorama a toda la costa oeste de Sudamérica: usando modelos y reanálisis satelitales, atribuyó 41% de la columna troposférica de ozono al metano, 31% a los óxidos de nitrógeno antropogénicos y 28% al transporte estratosférico y a los rayos. El metano en esa región creció 66 ppb por década entre 2005 y 2021 —un acumulado de 110 ppb— con un nivel de certidumbre alto.

El Dr. Timothy Butler (Instituto Helmholtz de Potsdam), copresidente del grupo de trabajo sobre transporte hemisférico de la contaminación atmosférica en el marco del Protocolo de Gotemburgo, fue el más explícito sobre las implicaciones de política: bajo el escenario de máxima reducción técnicamente viable de NOx y COV en Europa, sus modelos muestran que las ganancias en ozono podrían compensarse hasta en 1.5 veces si no se controla también el metano a escala global. El Protocolo de Gotemburgo, que desde 1999 regula el ozono a nivel del suelo en la región de Naciones Unidas para Europa, está en proceso de incorporar por primera vez al metano como precursor reconocido.

El Dr. Nathan Borgford-Parnell, de la Coalición de Clima y Aire Limpio, resumió el punto de forma directa: de las reducciones de ozono logradas por las 16 medidas identificadas en la evaluación fundacional de la Coalición en 2011, más de la mitad provino de medidas sobre metano, y la otra mitad de medidas sobre otros precursores de vida corta. El ozono, dijo, ha sido el "punto ciego" relativo de la agenda de contaminantes climáticos de vida corta, precisamente porque —a diferencia del metano o el carbono negro— no aparece directamente en los inventarios de emisiones: es un contaminante secundario que exige un paso adicional de modelación para volverse visible ante los tomadores de decisión.

3. El cambio climático como acelerador directo del problema
El tercer hilo conductor fue la interacción entre ozono y clima, que ya no es solo una preocupación conceptual, sino un fenómeno medible en las series de datos de varias ciudades.

Karine Leger presentó el registro histórico de olas de calor en Francia: de 52 olas de calor documentadas desde 1947, 25 —casi la mitad— han ocurrido solo desde 2011. Los episodios de ozono que superan el umbral de alerta (240 μg/m³) están claramente correlacionados con esas olas de calor, y aunque el número de picos de contaminación ha aumentado, su intensidad se ha mantenido relativamente controlada gracias a la reducción de precursores lograda en paralelo. Airparif corrió simulaciones para un episodio de junio de 2018 y encontró algo contraintuitivo: reducir el NOx del tráfico en la ciudad de París bajaba el ozono transportado por el viento hacia zonas rurales y fronterizas, pero, al mismo tiempo, aumentaba el ozono dentro de la propia ciudad —una señal más de la sensibilidad a NOx del régimen parisino.

En Madrid, la Ing. de Vega explicó que el récord de superaciones de 2025 se debió a una combinación de factores climáticos: lluvias intensas en primavera que hicieron crecer la masa forestal y con ella las emisiones biogénicas de isopreno, seguidas de una temporada de incendios particularmente intensa en agosto y tres olas de calor consecutivas. El 70% de las concentraciones de ozono de la Comunidad de Madrid corresponde, además, a transporte transfronterizo, aunque los picos siguen estando asociados a los precursores locales.


En São Paulo, María de Fátima Andrade documentó que tanto el ozono como las PM2.5 aumentan durante las olas de calor, y que la temporada de incendios de biomasa —cada vez más intensa en primavera— agrava la formación fotoquímica de ozono de forma medible en el municipio.

De Pekín a Los Ángeles, el mismo enemigo invisible: el ozono en el aire
Horizonte de París envuelto en esmog y neblina. Fotografía: Unsplash/Oscar Brouchot.

De un problema local a un problema de cuenca regional


Uno de los giros más importantes del seminario fue de escala. El químico Armando Retama mostró que en la Ciudad de México el ozono ya no está confinado al sur de la ciudad, como ocurría hace años: los valores elevados se están desplazando hacia el centro y el norte, y varias contingencias recientes se han activado en estaciones del norte —un reflejo de que la expansión urbana traslada también la producción fotoquímica. Su equipo documentó, además, con datos del satélite geoestacionario TEMPO, que la pluma de contaminación de Monterrey viaja de forma consistente hacia Saltillo, Coahuila, generando ahí niveles de ozono más altos que en la propia Monterrey —evidencia directa de transporte interestatal.

El Dr. Víctor Hugo Páramo recordó que la Comisión Ambiental de la Megalópolis agrupa a siete entidades federativas y 42 millones de habitantes precisamente porque, como advirtió Retama, "el problema ha escalado de ser un problema local de la Ciudad de México a un problema regional que está involucrando al clúster urbano del centro del país". El mismo razonamiento aplica, según los ponentes de Georgia, a la relación entre Atlanta y sus condados vecinos, y según Butler, a escala hemisférica: su grupo de trabajo dentro del Convenio de Contaminación Transfronteriza de Naciones Unidas existe justamente porque las reducciones de emisiones en una región del hemisferio norte pueden verse compensadas —o beneficiadas— por lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia.

Lo que sí funciona, y las lecciones que quedan


No quiero que esto se lea como un catálogo de fracasos. China mostró que es posible revertir tendencias de contaminación con voluntad política sostenida: entre 2015 y 2024 logró reducciones de hasta 89% en los días de contaminación severa en la conurbación de Beijing, con metas para la próxima década que incluyen 44% adicional de reducción de PM2.5. Atlanta demostró, entre 2008 y 2017, que combinar el control de plantas eléctricas de carbón, un programa de inspección vehicular que evalúa tres millones de vehículos al año y restricciones a la quema agrícola en verano puede sacar a una ciudad de la lista de incumplimiento del estándar de ozono. Los Ángeles y Houston, pese a sus niveles todavía altos, han logrado reducciones de NOx de 80% y 60% respectivamente en un cuarto de siglo, prueba de que el control de precursores sigue siendo condición necesaria, aunque —como quedó claro durante el día— ya no suficiente.

La lección metodológica más repetida, sin embargo, fue un cambio de pregunta. El Dr. Zavala lo planteó de forma explícita: en lugar de seguir preguntando por qué persiste el ozono, propuso preguntar por qué persisten sus impactos en la salud, la productividad agrícola y la calidad de vida —un giro que coloca a las personas, y no solo a la química atmosférica, en el centro del diseño de políticas. La M. en C. Rivera lo formuló de manera complementaria: la pregunta relevante ya no es cuánto bajaron las emisiones, sino cómo responde la atmósfera a esa reducción, en cada zona y en cada estación del año.

Ambos giros apuntan a la misma conclusión operativa que resumió el Dr. Luis Gerardo Ruiz (UNAM) al cierre del seminario: se necesita gestión multicontaminante en lugar de monocontaminante, inventarios de emisiones actualizados y con resolución espacial y temporal adecuada, y una integración mucho más estrecha entre las agendas de cambio climático y calidad del aire, que hasta ahora han avanzado con demasiada frecuencia por caminos institucionales separados.

Lo que viene


Para la Ciudad de México, 2028 marcará veinte años desde la última gran campaña científica intensiva —MCMA 2003 y MILAGRO 2006— y ya se planea una nueva campaña, Hemispheric Airborne Measurements of Air Quality (HAMAQ), con la NASA y grupos de investigación de México y de los Estados Unidos, que usará sensores satelitales e instrumentación instalada en aviones para actualizar el conocimiento sobre la química atmosférica de la cuenca. Atlanta, por su parte, será la segunda ciudad del mundo —además de la Ciudad de México— en integrarse a ese tipo de sobrevuelos con instrumentación de alta resolución.

Al cerrar el seminario dije que el ozono troposférico no se resuelve de manera local, que requiere la colaboración de todas las partes: la sociedad civil, los sectores público y privado, la academia y la ciudadanía. Después de escuchar treinta años de datos de nueve ciudades en cuatro continentes, contados por quienes los generaron, me queda más claro que nunca que esa colaboración no es una aspiración retórica, sino la única escala a la que este problema tiene solución.

Expertos destacados de WRI:
Beatriz Cárdenas -

Directora de una atmósfera