En el sur de la Amazonía brasileña, recolectores de semillas buscan con cuidado en el suelo del bosque. Se mueven entre los árboles, procurando no dañar las plantas cercanas mientras se agachan para recoger semillas nativas del suelo y frutos caídos.

Ellos forman parte de la Red de Semillas del Xingu (ARSX), una asociación del estado brasileño de Mato Grosso que reúne a cerca de 700 recolectores de semillas de la Amazonía. Creada en 2007 por el Instituto Socioambiental (Socio-Environmental Institute, o ISA) y líderes indígenas, la red ayuda a habitantes locales a vender semillas a organizaciones y propietarios de tierras que las utilizan en proyectos de restauración forestal.

Hasta ahora, cerca de 1.000 familias de más de 100 aldeas indígenas y comunidades locales han participado en esta iniciativa. Han reunido semillas de más de 220 especies, generando más de 8,5 millones de reales (1,7 millones de dólares) en ingresos y contribuyendo a la restauración de 27 millones de árboles en 11.000 hectáreas de tierras previamente degradadas. Hasta la fecha se han vendido más de 390 toneladas métricas de semillas nativas, estableciendo un récord sin precedentes en la Amazonía.

Este es un ejemplo emblemático de cómo una “bioeconomía indígena”, desarrollada y sostenida por pueblos indígenas y comunidades tradicionales en la Amazonía, puede ofrecer oportunidades económicas y, al mismo tiempo, preservar la diversidad biológica, cultural y social.

“(La ARSX) le ha mostrado a Brasil y al mundo que es posible dar valor a un bosque en pie”, dijo Rodrigo Junqueira, secretario ejecutivo del ISA. “También ha demostrado que es posible asignar un precio a las semillas y desarrollar una economía alrededor de ellas sin excluir a las personas ni a las partes interesadas del proceso”.

Las comunidades indígenas son grupos étnicos con una historia de asentamiento en las Américas que se remonta aproximadamente a entre 10.000 y 15.000 años atrás. Tienen sus propias lenguas, sistemas políticos y de gobernanza, estructuras de justicia y enfoques diferenciados para el manejo territorial y la custodia del territorio.

Según la legislación brasileña, las comunidades tradicionales se identifican como grupos culturalmente distintos. Mantienen modos de vida estrechamente ligados a la naturaleza y a su propia organización social, y utilizan conocimientos, innovaciones y prácticas transmitidos de generación en generación. Entre ellos se encuentran: los quilombolas, comunidades afrobrasileñas tradicionales compuestas por poblaciones negras rurales con trayectorias históricas propias, relaciones territoriales específicas y ascendencia negra vinculada al período de la esclavitud; y los ribeirinhos, comunidades ribereñas tradicionales, especialmente en la Amazonía, cuyos modos de vida están estrechamente conectados con el río y el bosque circundante.

 

Una bioeconomía indígena para la Amazonía

A medida que la deforestación y la degradación en la Amazonía atraen más atención del mundo, aumenta el interés por construir una bioeconomía liderada por pueblos indígenas. En la Amazonía viven cerca de 2,7 millones de indígenas, e investigaciones muestran que son administradores eficaces del territorio: las tasas de pérdida de bosque son 30 veces menores que en áreas forestales comparables que son gestionadas por otros.

La bioeconomía es un concepto con diversas y, a menudo, disputadas definiciones que reflejan distintas prioridades económicas y políticas. En este contexto, la bioeconomía indígena ofrece un modelo diferenciado para la Amazonía: uno arraigado en la gobernanza indígena y el conocimiento ancestral que genera ingresos manteniendo el bosque en pie.

Una mujer indígena tikuna corta nueces de Brasil
Una mujer indígena tikuna corta nueces de Brasil locales en el mercado tikuna de Tabatinga, en la Amazonía brasileña. Foto: All Media Vagalume/WRI Brasil.

En lugar de tratar la naturaleza como una mercancía, reconoce la interdependencia entre la tierra, las personas, los animales, las plantas y los ecosistemas. Prioriza una producción diversa basada en el bosque que sostiene los medios de vida y protege la biodiversidad. Las actividades económicas se alinean con los ritmos naturales del bosque (y no al contrario), y se fortalece la gobernanza territorial para mantener la integridad ecológica de los territorios indígenas.

“Una bioeconomía verdadera presupone diversidad, reconocimiento y valoración de los pueblos que la sostienen”, dijo Junqueira, señalando que los enfoques indígenas evitan replicar modelos extractivos que concentran ingresos y excluyen a las comunidades forestales.

Datos del informe New Economy for the Amazon de WRI muestran que seguir una trayectoria sin deforestación y baja en carbono podría crear 312.000 empleos adicionales en la región para 2050 y aumentar el PIB anual de la Amazonía brasileña desde ese año en al menos 40.000 millones de reales (8.200 millones de dólares). También podría aportar un estimado de 226.000 millones de reales (50.000 millones de dólares) al PIB total de Brasil. Más allá de estos beneficios cuantificables, invertir en la bioeconomía indígena puede generar valor duradero, desde servicios ecosistémicos vinculados a múltiples sectores tradicionales de servicios hasta seguridad alimentaria para pueblos indígenas y tradicionales. También puede ayudar a abordar la exclusión sistémica y fortalecer el liderazgo indígena y su autoridad sobre la gobernanza territorial.

Las artesanías como ejemplo de productos que dinamizan la bioeconomía indígena
Las artesanías son otro ejemplo de productos que dinamizan la bioeconomía indígena. Están elaboradas con materiales locales y se venden en el mercado tikuna de Tabatinga, Brasil. Foto: All Media Vagalume/WRI Brasil.

Los 4 elementos de una bioeconomía indígena

Investigación emergente e iniciativas exitosas como la ARSX destacan cuatro elementos fundamentales en el corazón de la bioeconomía indígena. Estos elementos no solo la distinguen de las industrias forestales convencionales, sino que además son clave para asegurar que una bioeconomía genere beneficios para las personas, la naturaleza y el clima. Con base en la justicia climática, abordan inequidades históricas y estructurales al asegurar el poder de decisión, la tenencia de la tierra y una participación justa de los pueblos indígenas y tradicionales en actividades económicas sostenibles.

Reciprocidad: producción que valora los ecosistemas

Durante mucho tiempo, el desmonte de tierras para cultivos, ganadería, tala o minería ha dominado la economía amazónica. Este modelo prioriza la producción y, con frecuencia, degrada bosques y suelos, al tiempo que excluye a quienes dependen de ellos. En contraste, la reciprocidad es un elemento central de la bioeconomía indígena: la producción, el intercambio y el comercio sostienen tanto a las personas como al bosque, incluidos animales, plantas, ríos y otras partes del ecosistema. El beneficio colectivo prevalece sobre la ganancia individual, con ingresos derivados de actividades que mantienen la biodiversidad y la cobertura arbórea.

En la cuenca del río Xingu, en el sur de la Amazonía, por ejemplo, los recolectores Ikpeng nunca toman todas las semillas que encuentran a lo largo de los senderos, reconociendo que algunas deben dejarse para permitir que los árboles crezcan y produzcan semillas para las generaciones futuras.

De manera similar, las comunidades Baniwa elaboran artesanías tradicionales, desde cerámicas hasta canastos tejidos, utilizando materiales recolectados de forma sostenible y técnicas que preservan el bosque al seguir los ciclos estacionales y la disponibilidad de materiales, a la vez que sostienen sus medios de vida. Este tipo de conocimiento ancestral sobre especies nativas y sus temporadas ayuda a mantener la recolección en la Amazonía dentro de parámetros sostenibles.

Redistribución: beneficios que circulan en lugar de concentrarse

La riqueza generada por los recursos naturales en la Amazonía suele salir de la región, mientras el daño ambiental y social permanecen allí. Por ejemplo, la producción de soya en monocultivo a gran escala ha causado la desaparición de especies vegetales importantes como medicinas y alimentos básicos para pueblos indígenas.

En la bioeconomía indígena, la redistribución significa que los recursos y beneficios se comparten de manera justa, asegurando que las ganancias económicas circulen equitativamente en lugar de concentrarse. Esto ayuda a promover estabilidad económica local, cohesión social y solidaridad. También fortalece el bienestar colectivo, no solo de las personas sino también de los “más-que-humanos”, un término que refleja la visión indígena de que las personas no están en la cima de una jerarquía, sino que forman parte de una interconexión profunda con otros seres, vinculada a creencias espirituales sobre la naturaleza, los ancestros y los lugares sagrados.

La redistribución puede materializarse mediante iniciativas como bancos comunitarios de semillas, que promueven el compartir recursos en lugar de concentrarlos. Al intercambiar semillas con otras comunidades, estos bancos ayudan a restaurar especies que han desaparecido en algunos territorios, utilizando semillas de zonas donde aún prosperan.

Reconocimiento: poner en el centro la gobernanza indígena y los derechos sobre la tierra

La bioeconomía indígena es inseparable del ecosistema forestal y de la experiencia indígena. Esta coloca el conocimiento ancestral en el centro de la producción sostenible, trabajando en conjunto con la ciencia moderna para ayudar a las comunidades a gestionar recursos naturales y desarrollar nuevos productos y servicios.

En el núcleo de este enfoque está el reconocimiento: los pueblos indígenas y tradicionales deben contar con derechos territoriales seguros, la autoridad para decidir cómo se gestionan los recursos, el conocimiento, la propiedad intelectual y los datos, y cómo se crea y se comparte el valor con base en su consentimiento libre, previo e informado. Sin reconocimiento, las comunidades siguen expuestas a la apropiación de sus prácticas e innovaciones a medida que se expanden actividades económicas en sus territorios.

“Sin territorio, no hay bioeconomía”, dijo Junqueira. Esto se debe a que, sin reconocimiento de la tierra y autoridad de gobernanza, las poblaciones indígenas enfrentan tala, acaparamiento de tierras y restricciones que les impiden gestionar el bosque que protegen. Las prácticas lideradas por comunidades, como la cosecha selectiva, no pueden moldear mercados o sistemas de producción sin derechos seguros y poder de decisión.

El ají Jiquitaia, cosechado y comercializado por mujeres indígenas Baniwa en Alto Río Negro, en el nordeste de la Amazonía, muestra cómo se ve el reconocimiento en la práctica. Producido con conocimiento tradicional y métodos de cosecha desarrollados durante generaciones, el ají se comercializa bajo las condiciones definidas por las propias mujeres Baniwa, garantizando autoridad indígena sobre cómo se gestiona, valora y lleva al mercado. Es un ejemplo clave de cómo conectar la custodia tradicional con oportunidades de mercado, preservando el bosque y reforzando el control indígena sobre tierra, conocimiento y creación de valor.

Respeto: producción que honra la cultura, el conocimiento y el patrimonio

El respeto por los pueblos indígenas, sus prácticas, territorios sagrados y creencias espirituales es esencial, ya que la bioeconomía indígena requiere aceptar modelos económicos y definiciones que van más allá de un sistema capitalista o de mercado básico. En este enfoque, los productos y servicios no son un fin, sino un medio para salvaguardar formas de vida, sistemas de conocimiento y patrimonio.

El respeto se expresa con claridad en los sistemas alimentarios indígenas, que conectan conservación del bosque, medios de vida y bienestar colectivo. El cambio climático, la deforestación y las presiones del mercado están alterando estos sistemas, contribuyendo a la pérdida de alimentos básicos indígenas, el giro hacia alimentos ultraprocesados y el aumento de la malnutrición y la escasez alimentaria. Al apoyar medios de vida basados en el bosque, la agroforestería, la pesca y cadenas de valor locales arraigadas en conocimiento ancestral, la bioeconomía indígena ayuda a recuperar el acceso a alimentos nutritivos y culturalmente apropiados, al tiempo que genera ingresos sin pérdida de bosque. Las prácticas de cosecha sostenible también protegen construcciones monumentales antiguas (geoglifos) y sitios naturales sagrados (kymyrury), en contraste con su desmonte a gran escala con fines para agricultura y ganadería.

Mercado amazónico de alimentos en Tabatinga
Alimentos del mercado amazónico en Tabatinga, que incluyen productos básicos de la dieta local como harina de yuca, tapioca, bananos y ajo. Foto: All Media Vagalume/WRI Brasil.

El énfasis recae menos en el producto o servicio y más en el proceso de cómo se producen u ofrecen, y para quién. El proceso se valora porque integra conocimiento ancestral, prácticas comunitarias, tecnologías y formas diversas de producir y compartir recursos. Mantener la conexión estrecha entre la manera de hacer las cosas y sus consecuencias para la división social del trabajo es lo que le da sentido a la producción.

Un camino a seguir para la bioeconomía indígena

En la Amazonia, donde las desigualdades sociales y las presiones ambientales crean desafíos complejos para el desarrollo sostenible, la bioeconomía indígena ofrece una vía viable.

Arraigada en la reciprocidad, la redistribución, el reconocimiento y el respeto, es un enfoque que vincula oportunidades económicas con la custodia del territorio y un compromiso con el bienestar colectivo. Ayuda además a mantener la riqueza dentro de las comunidades amazónicas y cuestiona modelos extractivos dominantes que excluyen voces locales.

Una mujer indígena tikuna utiliza una canasta tejida para cernir harina de yuca a mano
Una mujer indígena tikuna utiliza una canasta tejida para cernir harina de yuca a mano, lista para la venta en el mercado local de la Amazonía brasileña. Foto: All Media Vagalume/WRI Brasil.

Al mismo tiempo, la bioeconomía indígena opera en un contexto marcado por desafíos superpuestos, incluidos:

  • Visiones en conflicto entre la producción comercial y los sistemas productivos indígenas.
  • Barreras lingüísticas y culturales para acceder a financiamiento y mercados.
  • Comprensiones distintas sobre inversión y sostenibilidad.
  • Cambios socioeconómicos potenciales derivados de actividades comerciales.
  • Falta de infraestructura y conectividad compatibles con actividades de bioeconomía indígena en algunas regiones amazónicas.
  • Incentivos económicos públicos y privados para actividades extractivas dentro de los territorios indígenas que pueden obstaculizar el desarrollo de actividades económicas alternativas.

En conjunto, estos factores pueden limitar iniciativas económicas lideradas por pueblos indígenas y afectar cómo se distribuyen sus beneficios.

A medida que la bioeconomía indígena evoluciona, es crucial hacerla inclusiva. Esto implica alentar a líderes e investigadores indígenas a liderar iniciativas de bioeconomía e impulsar más investigación liderada por pueblos indígenas, además de integrar su conocimiento ancestral con ciencia académica. También es vital fortalecer redes para abogar por políticas públicas que apoyen una bioeconomía indígena e influir en ellas, así como invertir en las personas, ayudando a desarrollar capacidades y a proteger sus derechos territoriales.

“Ninguna bioeconomía ni cualquier esfuerzo de restauración de ecosistemas pueden tener éxito sin la inclusión genuina de las personas”, dijo Junqueira. “Si las personas involucradas no sienten un sentido de pertenencia al proceso, las probabilidades de éxito son mínimas”.

Para construir una bioeconomía que apoye el desarrollo sostenible, dinamice economías locales, promueva igualdad social y proteja la biodiversidad, la inclusión no es opcional: es fundamental.

La bioeconomía indígena forma parte de un giro más amplio hacia agendas de bioeconomía, que incluyen fortalecer los derechos de pueblos indígenas, pueblos afrodescendientes y comunidades tradicionales en toda la Panamazonía. La iniciativa Bioeconomy Challenge, por ejemplo, busca apoyar la implementación de soluciones de bioeconomía y atraer inversión al sector, poniendo en práctica los diez Principios de Alto Nivel sobre Bioeconomía establecidos por la Iniciativa del G20 sobre Bioeconomía (GIB) en 2024, a la vez que reconoce a los pueblos indígenas como titulares de derechos y como actores económicos centrales.

WRI impulsa la agenda de bioeconomía mediante investigación aplicada y colaboración con socios indígenas. Entre las iniciativas clave se incluyen un estudio conjunto con Uma Concertação pela Amazônia sobre modelos de bioeconomía indígena. WRI también fue coautor de una nota de política publicada para la reunión del G20 de 2024 en alianza con los investigadores indígenas Braulina Baniwa y Francisco Apurinã. Además de liderar un grupo de trabajo de socio-bioeconomía dentro de Bioeconomy Challenge, WRI colidera la Red Panamazónica por la Bioeconomía, una alianza multisectorial que promueve el desarrollo de la bioeconomía con base en principios inspirados por pueblos indígenas y comunidades locales.