Colombia enfrenta desafíos significativos en su sistema energético, altamente dependiente de la generación hidroeléctrica, lo que lo hace vulnerable a fenómenos climáticos extremos como los fenómenos de El Niño y La Niña. Esta vulnerabilidad se traduce en riesgos para la seguridad energética, la producción de alimentos y el acceso al agua, afectando especialmente a las zonas rurales y a las comunidades más desfavorecidas. En este contexto, la Estrategia de Comunidades Energéticas (CE), lanzada por el Gobierno nacional en 2024, se presenta como una iniciativa clave para avanzar hacia un modelo energético bajo en carbono y resiliente al cambio climático. Las CE permiten que comunidades, empresas locales y autoridades colaboren en la generación, distribución y consumo de fuentes renovables, fomentando la autosuficiencia energética y reduciendo la dependencia de combustibles fósiles.

El enfoque de las CE va más allá de la provisión de electricidad, proponiendo un modelo integral que vincula la energía con la seguridad alimentaria y hídrica mediante el nexo agua-energía-alimentos. Este enfoque reconoce la interdependencia de estos recursos y busca optimizar su uso, reduciendo presiones sobre los ecosistemas y garantizando beneficios sociales y ambientales sostenibles. La gestión conjunta de agua, energía y alimentos permite planificar soluciones que se adapten a los riesgos climáticos locales, incorporando factores como la geografía, la vulnerabilidad y la variabilidad climática. Así, las CE se convierten en un mecanismo de adaptación y mitigación del cambio climático, promoviendo prácticas sostenibles y fortaleciendo la autonomía de las comunidades frente a fenómenos asociados a un clima cambiante.

El desarrollo de CE en Colombia también está estrechamente ligado a la transición energética justa, cuyo objetivo es construir un sistema energético más equitativo, inclusivo y sostenible. Las comunidades se convierten en líderes activas del proceso energético, participando en la administración y propiedad de los recursos y asegurando que la generación local contribuya al desarrollo socioeconómico. Casos piloto en regiones del Caribe, Pacífico y Andina han demostrado que la implementación de sistemas híbridos de energía renovable, apoyados en la colaboración pública, privada y comunitaria, permite mejorar la confiabilidad del suministro eléctrico, fomentar la economía local y garantizar la sostenibilidad de proyectos energéticos a largo plazo.

En suma, las CE representan un modelo transformador que integra la acción climática con la participación comunitaria y el desarrollo territorial. Su diseño estratégico, basado en el nexo agua-energía-alimentos y adaptado a la realidad local, ofrece un camino hacia un futuro más resiliente y sostenible, promoviendo no solo el acceso a energía limpia, sino también la seguridad hídrica y alimentaria, y fortaleciendo la capacidad de las comunidades para enfrentar los desafíos del cambio climático.

Comunidades energéticas en Colombia
Foto: WRI Colombia

Principales hallazgos:

  • Este documento de trabajo propone el nexo Agua-Energía-Alimentos como un marco para implementar la Estrategia de Comunidades Energéticas en Colombia. Se presenta como un eje integrador para coordinar sectores e instituciones con los territorios y sus comunidades en la construcción de un nuevo modelo energético bajo en carbono y resiliente al clima. Este modelo debe entenderse como un proceso de transformación sociocultural y económica.
  • En el contexto de la Transición Energética Justa y el cambio climático, las Comunidades Energéticas en Colombia desempeñan un papel clave. Sus contribuciones incluyen la descarbonización de la matriz energética, la ampliación del acceso a la electricidad para comunidades vulnerables y el fortalecimiento de la resiliencia climática del país.
  • Tres elementos son fundamentales para el diseño de las Comunidades Energéticas: la integración climática, el fortalecimiento comunitario y el desarrollo de modelos de negocio comunitarios. Estos elementos deben garantizar que las comunidades planifiquen soluciones con una visión de largo plazo que no solo asegure su seguridad energética, sino también la hídrica y alimentaria. Como resultado, se generan beneficios para las personas y para la conservación y uso sostenible de la naturaleza, entendida también como la fuente misma de la energía.